las carreteras, la velocidad y la adrenalina se volvieron mi refugio.

Manejar a velocidades extremas era una forma de escapar, de silenciar por un momento todo el dolor que llevaba dentro.

Y siendo honesta….
sigo haciéndolo.
Sólo que ahora con más conciencia, más control y entendiendo de dónde viene tanta guerra por dentro......

Vengo de una historia marcada.

Fui la mayor de siete hermanos y viví una infancia con heridas, carencias y situaciones que me obligaron a sobrevivir antes siquiera de entender qué era la vida.

Situaciones que me obligaron a madurar demasiado rápido.

Todo eso fue moldeando una personalidad muy fuerte.

Aprendí a vivir a la defensiva, reaccionando antes de sentirme vulnerable, creyendo que en la vida sólo sobrevivía quien aprendía a endurecerse primero.

Durante mucho tiempo convertí la rabia, la intolerancia y el impulso de defenderme en una forma de sobrevivir.

Y con una personalidad agresiva, marcada por heridas de la infancia.

Vivía siempre a la defensiva, como si el mundo fuera una batalla constante.

Después de una vida marcada por sobrevivencia, caos e intensidad… terminé convirtiendo esa misma intensidad en una búsqueda obsesiva por respuestas.

Y fue ahí donde entendí algo: Mi problema nunca fue sentir demasiado.

Simplemente todavía no había encontrado algo suficientemente profundo donde poner toda esa intensidad.

La intensidad que antes me destruía… terminó convirtiéndose en la misma fuerza que me impulso a buscar respuestas.

Mi mayor miedo… es el mundo que mi hijo encontrará cuando yo ya no esté aquí.

No sé si algún día podrá ser completamente independiente.

No sé hasta dónde llegará.

Y como madre, esa incertidumbre duele todos los días.

Por eso entendí algo:

Si no puedo asegurarle una vida independiente… al menos quiero intentar dejarle un mundo más informado.

Un mundo donde las personas entiendan que detrás de un diagnóstico hay un ser humano.

Un mundo donde no sea ignorado.

Donde no sea reducido a una etiqueta.

Donde no termine en manos de personas que experimenten con él sin comprenderlo realmente.

DiagnoTEA nació de ese miedo… pero también de ese amor.

Porque quizás no pueda cambiar todo.

Pero sí puedo intentar dejar más información, más conciencia y más preguntas para el futuro.

MI MAYOR MIEDO....

MI MAYOR ORGULLO...

Ella es mi mayor orgullo.

No solamente por quien es… sino por la persona en la que se está convirtiendo.

Vivió y conoció en carne propia la complejidad del autismo severo.

Vio cómo la alimentación, la biología y la investigación podían cambiar la vida de su hermano.

Y en medio de todo eso, nació en ella una pasión genuina por comprender el cuerpo humano y ayudar a otros.

Hoy estudia nutrición y sueña con seguir preparándose en el área químico farmacéutica.

Pero más allá de los títulos, ella representa algo mucho más importante para mí:

La continuidad de un propósito.

Es mi confidente, mi mayor logro y la persona en quien espero dejar este legado el día que yo ya no esté.

Mi hija mayor es mi mayor orgullo.

Y no por ser mi hija… porque no soy una persona que admire de manera gratuita.

Estoy orgullosa del ser humano que es.

De su calidad humana, de su sensibilidad y de la madurez con la que ha aprendido a ver la vida.

Y aunque hoy muchos puedan ver el resultado… la realidad es que gran parte de ese mérito se lo debo a su padre:

Un hombre extraordinario, con una calidad humana difícil de encontrar.

Mi hija fue criada con amor, disciplina, valores y presencia.

No fuimos padres perfectos… pero intentamos formar seres humanos antes que apariencias.

Y al verla hoy, entiendo algo:

El verdadero legado no son las palabras, ni los proyectos, ni siquiera los logros…

El verdadero legado son los seres humanos que dejamos en el mundo.

EN EL AMOR.....

Tengo dos puntos G: el físico y el mental.

Mi mayor problema nunca ha sido el físico… sino el mental.

Porque para que pueda existir verdadero amor en mí, jamás bastará únicamente la atracción.

Necesito conexión química...

Cuando comienzo a hablar sobre un tema que me apasiona, siento que me preparo para sumergirme en el océano.

Y si la otra persona tiene una mente con la profundidad de un charco… poco o nada puede pasar.

Pocas cosas logran enamorarme más que una mente capaz de perderse conmigo entre preguntas y posibilidades infinitas.

Necesito profundidad.

Curiosidad.

Hambre de comprender.

Esa clase de conexión capaz de hacerme perder la noción del tiempo y hablar durante horas sin darme cuenta.

Tal vez por eso nunca fui una mujer que fácilmente ame, de manera convencional.

No porque me faltara amor, sino porque mi forma de conectar siempre fue distinta.

Desde el inicio siempre dejaba claras ciertas cosas: no nací para ser la esposa convencional que vive para girar alrededor de alguien más.

El único hombre que ha logrado hacerme pasar horas en una cocina ha sido mi hijo.

Y no, nunca podría decir que el problema hayan sido los hombres en mi vida.

De hecho, he tenido la fortuna de compartir etapas importantes con hombres buenos, responsables, nobles y con gran corazón.

Simplemente, nunca encajé del todo en el molde tradicional.

Porque hay personas que buscan estabilidad para sentirse vivas.

Y luego estamos quienes necesitamos sentir que alguien puede entrar a nuestra mente… sin miedo a perderse dentro de ella.

Y quizás por eso mi vida nunca ha seguido caminos normales.

Siempre fui demasiado intensa para lo superficial, demasiado curiosa para conformarme y demasiado libre para permanecer donde mi mente deja de sentirse viva.

Pero si algo he aprendido, es que las personas como yo no buscan simplemente amor.
Buscan conexión.
Verdad.
Profundidad.

Y aunque el mundo muchas veces intenta convencerme de que debería ser “más simple”…
la realidad es que nunca quise una vida simple.

Quise una vida capaz de hacer sentir viva a mi mente, a mi alma y a cada parte intensa de lo que soy.